Vestir la túnica

on una lenta cadencia, en silencio, en una metitación honda, marchan los nazarenos de las procesiones de Semana Santa Jerezana. Símbolo que representa la humildad y la penitencia y por eso se encierra en la túnica y se cubre el rostro, como si no quisieran ver con otros ojos que los de la conciencia, facilitando la meditación, queriendo hacer un recuerdo de la vida y sentirse más cerca de la eternidad, pasando con solemnidad las cuentas del rosario, mientras el cirio que lleva agita la lengua de fuego en que se queman las inquietudes espirituales, en ansias de purificarse.
Los nazarenos con expresión de fe, de recogimiento, de penitencia, que al ocultarse de las miradas ajenas infunden un respeto que hace surgir la emoción cálida y sencilla de la piedad. Sus filas serpentean a lo largo de sus calles y al caminar, los nazarenos recorren con la imaginación el camino de la amargura de Jesús, haciendo un propio examen de conciencia, confesión íntima de culpas y pecados y hasta, indudablemente, con aspiraciones de ser mejores.
Las procasiones adquieren con la presencia de los hombres vestidos con túnicas blancas, moradas o negras una solemnidad emocional callada. Unos, con la Cruz sobre el hombro; otros, con los largos hachones encendidos, semejan en el atardecer o en la noche cerrada, una danza de espíritus en un juego de luces y sombras que se alargan y se encogen dejando a su paso lágrimas de cera que van señalando la vereda de penitencia que voluntariamente, por devoción y por fe, se impusieron recorrer.
¡Silencio!. Co exaltado respeto se acoge a las filas de nazarenos en los defiles procesionales de nuestra "madrugá", respeto no al hombre, sino a lo que simboliza, a la aspiración de sentirse encerrados en los pensamientos de los que sólo deben salir susurros de oraciones y ansias de perdón. Penitentes que como una danza de espíritus, agitan los fuegos fatuos de sus luces vacilantes y rojizas, que en hileras avanzan silenciosos y sombríos, detrás de los "pasos". La larga cola de sus túnicas, larga como la historia de los pecados, se arrastra en práctica penitencia, lamiendo el polvo del camino para confesar su humildad. Los capirotes puntiagudos de sus antifaces se elevan, en cambio, al cielo como una aspiración. Son una imagen de nuestra vida que empieza en el polvo y se eleva hasta lo infinito; que se arrastra en la caída y se yergue en el arrepentimiento; que se humde por el extremo de su ser inferior en el lodo de la materia y dirige los anhelos de su espíritu al atractivo insondable del éter azul.
Un nazareno pregona fe callada, penitencia, amor, modestia, recogimiento. Camina, oculto en la fortaleza interior del capuz, para no ser visto de los hombres. En su aislamiento, cuenta anónima del rosario procesional, recorre la vía devota reposada y solemnemente. Y su cabeza se detiene al mismo tiempo que sus pies en la senda del pensamiento y de la expiación. El muendo se agita, bulle, hierve en torno suyo; él se aquieta en la paz eremítica que le crea el aislamiento de la túnica. Una luz más intensa que la que brilla en sus manos arde en su alma. Al caminar detrás de las sagradas imágenes de la Pasión, de su querida hermandad, recorre acaso con la memoria la trabajosa vereda de sus propias amarguras y siente el santo deseo de besar el polvo, como el borde de la túnica, para imitar en lo posible al Divino Maestro de todas las redentoras humillaciones, de sus caídas; tal vez quiere sepultar para siempre en el lodo que a menudo le manchó, la carga hedionda de sus viles miserias. Al mismo tiempo, su amor a lo infinito, se sutiliza y pudiera decir que se escapa de la gravedad; se encuentra en el cono agudo que sirve de remate a su hábito, y se eleva hacia el cielo, desde su punta afilada, como una columnita de incienso invisible.
El Nazareno simboliza todas las atracciones de la eternidad y todas las bajezas de la vida presente; todas las altas concepciones y todos los abismos sin fondo hasta lo que tan pronto trepa valerosa como se precipita cobarde nuestra frágil naturaleza.

¡ VISTE LA TÚNICA !