“Dichosa la que ha creído”

uién negaría que María sea la realización más pura de la fe. Quién como ella acogió el anuncio y la promesa que le traía el ángel del Señor y pone su alma al servicio de la redención como lo hizo aquella tarde a los pies de la cruz donde moría su hijo, su único hijo. Es ella el modelo supremo de fe.
Y su respuesta no es otra que “hágase en mí según tu palabra…”, con la seguridad del que sabe que para Dios nada es imposible. De esta manera se entregó por entero a la obra redentora de su hijo. Como dice San Ireneo, “por su obediencia fue causa de la salvación propia y de la de todo el género humano”. Es así como se inaugura la plenitud de los tiempos, el cumplimiento de las promesas hechas a nuestros padres, en ti, excelsa hija de Sión.
Y esta plenitud se anuncia con una espada, una espada de dolor predicha a María como puerta que se abre a la salvación que Dios ha preparado en la cruz del Hijo.
Ojalá tus hijos de esta tu cofradía, seamos capaces de imitarte en la humildad demostrada, en el servicio ofrecido, en las ganas de trabajar por el reino de Dios, tu hijo; Que tengamos el corazón dispuesto para ofrecerlo al hermano: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo”, amarás…, sí amarás. Porque en este mandamiento, amarás a Dios y a tu prójimo, está sostenida la Ley entera y los profetas.
Te pido señora, en estos días en que celebramos tu Dulce Nombre, que nos ayudes a seguir tu ejemplo. Y te lo pido porque estoy convencido que incluso en estos días, Dios sigue haciendo obras grandes a través de ti.

Miguel Ángel Pérez Alcocer