Lo que se nos viene encima

ios ha querido, quizá por aquello de que el Amor tiene razones que la razón no entiende, que coincida en el tiempo un proceso electoral en nuestra querida hermandad con el Adviento. Pues bien, si Adviento quiere decir “venida”, debemos preguntarnos quién es el que viene y sobre todo para qué viene. Aunque hay quienes dudan y parecen ajenos a la Verdad que encierra la Navidad, aunque participen de su alegría (zambomba incluida), más o menos todos tenemos claro (o deberíamos tenerlo) que el misterio de la Encarnación nos viene a explicar la relación entre Dios y el hombre. Venida real de Dios hacia el hombre, haciéndose imprescindible para que este último entienda, se haga niño sobre todo con ocasión de la nochebuena, como dijo el propio Jesús “si no os volvierais y os hiciereis como niños, no entrareis en el reino de los cielos (Mt 18,3). Si querer divagar mucho, creo haber contestado a la primera pregunta, pues es el mismo Dios el que viene a nosotros, y salvando la enorme, la infinita distancia entre ambas, quiero hacer un irreverente paralelismo entre esta venida y la otra que ocurrirá después de la próxima elección de uno de nuestros hermanos como hermano mayor. Y ahora entro en el meollo de la cuestión: para qué vino Jesús. Nos encanta la idea de que Dios se encarnó por puro amor al hombre, para compartir nuestra suerte y no porque viera que el hombre lo necesitaba. Pero de hecho y como dice el Credo de Nicea, “por nosotros los hombres y por nuestra salvación, bajó del cielo”. Así queda claro que la salvación de la raza humana fue el motivo último y decisivo de la Encarnación, pero ¿salvarnos de qué, de qué riesgo vino a liberarnos?, del pecado, del mal acaso, dejémoslo por ahora ahí. Volvamos sobre nuestro particular paralelismo y respondamos aquí para que viene el nuevo hermano mayor. Desde mi modesta opinión y siempre intentando apoyarme en mi interpretación de los evangelios, la idea que tiene Jesús del dirigente, de su función, es una función que no es de poder, sino de servicio a la unidad de todos los hermanos. Si Jesús manda a alguien presidir a los demás, no deja de recordar que esa presidencia no es como la de este mundo: “los reyes de los pueblos mandan sobre ellos y los esclavizan y los que dominan gustan de ser llamados sus bienhechores. Mas no ha de ser así entre vosotros, sino que el mayor de entre vosotros que sea como el menor, y el que precede como el que sirve (Lc 22, 25-27). Por el camino sin duda se cometerán errores, traiciones y contaminaciones al mensaje de Cristo con ideas personales. Pero también y a pesar de nuestras manos indignas, se seguirá pasando el hilo claro del agua que quita para siempre la sed. En esta función mediocre, hay que recordar siempre que una hermandad pertenece a la Iglesia, y ahí radica su valor y riqueza, en ser Iglesia de Cristo Vivo. Porque Jesús, efectivamente, nos recuerda que “uno solo es vuestro Padre que está en los cielos, uno vuestro Maestro, Jesucristo, y todos vosotros sois hermanos” (Mt 23, 8-12). Aquí nos habla del “nosotros” cristiano, de la comunidad fraternal, de una hermandad, y por qué no, de la hermandad de la Buena Muerte.