Sueño de un Nazareno

e levantas pensando en los titulares, deseando que llegue la “Madrugá”, para redimir todos esos pecados cometidos durante los 365 días del año.
Primero llega ese traslado a la Iglesia de la Victoria donde estuvimos dos décadas. Luego allí, nuestro Quinario, donde vemos todos los castigos que nuestro Señor pasó para morir por nosotros. Llegamos al Domingo y renovamos el voto de hermano a Cristo, pidiendo volver a ser nuevos hombres. Al Domingo siguiente ya huele a incienso por la Calle Nueva, claro tenemos esos besamanos y besapiés de nuestros titulares.

Sobre todo, a mi me gusta ese día donde nuestra Dulce Reina está para todos y puedo pedirle tantas cosas que ella sólo conoce. Recuerdo una mañana de Viernes Santo cuando te miré y mi hiciste temblar, pasé tanto calor que no sé que me pasó. Ese día tenía sólo quince añitos. No sé si fue la saeta de “El mono” que me emocionó o fue esa fé que sentí al verte tan bella y reluciente. Cuatro años más tarde te ví en un besamanos y al verte me di cuenta que eras la misma. Lloré tanto que estuve dos años saliendo detrás tuya, María.

Hasta que me apunte a esa Hermandad, la de la Buena Muerte. Llega la “Madrugá”, y vestida con la túnica, me digo:” Vamos, que mi padre, mi madre y mis ángeles me llaman para salir con este hábito negro y así llorar en silencio por la penitencia que llevo cumplida con un cirio”. Cuando llegue el momento con mi túnica negra partiré al cielo y llegaré hasta ti con tu cruz, y al ladito de tu madre, María Santísima del Dulce Nombre, estaré yo.