Nostalgias en la calle Nueva

a memoria histórica de la ciudad, en cuanto a cofradías se refiere, encumbra el nombre del recordado Paco Núñez siempre que la Hermandad de la Buena Muerte recorta los espacios de la Madrugada. Paco Núñez supo como pocos perfilar el sello espiritual de esta corporación de corte serio. Cuando Jerez queda sumido en el más expansivo de los asombros penitenciales allá por Santiago, cuando la cruz de la noche y los vientos de la nostalgia eleva su altura sobre el monte de tantas promesas anónimas, cuando el testimonio emerge de la Iglesia de Santiago como si de una penumbra sacrosanta se tratara, cuando los clarines del miedo enmudecen para rendir loor a los clavos de Cristo, cuando la sobriedad estimula a la oración, entonces los nazarenos de la Buena Muerte cumplen su principal objetivo: transitar un itinerario de humildad para engarzar pasado y presente. Presente y futuro.
Quienes aman la Semana Santa de Jerez con toda la dimensión del alma saben a ciencia cierta que resulta imposible desligar la impronta de las cofradías con el legado de sus mejores artífices. Por eso en la primera y última contemplación de la comitiva que tiene por titular al Crucificado del barrio gitano sobreviene siempre Paco Núñez. E imaginamos que posiblemente todavía se revista del hábito de ruán y nadie advertirlo pueda. Y que entonces a nadie ocupará la menor duda que sería, con diferencia, el nazareno más privilegiado de la cofradía precisamente porque durante el resto del año ya disfruta a viva presencia de Dios hecho hombre y Rey de la Gloria.
La Buena Muerte es una cofradía de contados pero selectivos miembros. Manda la tradición familiar en la devoción y en la trascendencia de vestir la túnica. Poco importa el paso de los años y el peso de la modernidad. El nazareno, el penitente de la Buena Muerte, además, se sabe oyente pasivo de la más sublime oración cantada: la saeta. Al clarear la mañana la comitiva detiene su estación en el canto desgarrado del pueblo. Porvera, Ancha, Plaza Santiago, Merced, Angostillo suman una trayectoria callejera capaz de detener el tiempo. El aire traslada las letras del pesar. La plegaria íntima que nace pública. El desgarro del corazón entre balcones y ventanales. La confesión efímera con notas de eternidad.
La saeta que estos nazarenos de negro anhelan porque presienten como parte de su ser. En la mecedora de la vida descansa la remembranza de cada Madrugada Santa instalada bajo las enseñanzas de la Cruz. Ayer pisé el barrio como de pasada. Y me detuve en el escalofrío de un Cristo de brazos abiertos a las hechuras del cante jondo. A la resonancia de una raza que incardina su magisterio entre El Boquerón de Plata y la calle Nueva. Un Cristo verticalizado por los ensangrentados chorreones de una muerte dulce y castiza. Sublime y redentora. De Juan de Torres a la plaza de los Ángeles irradia una aureola de estrellas edificantes cuando la anochecida zarandea nuestra finitud. En el Crucificado de Castillo achicamos la soberbia, el egoísmo, la destemplanza de los rencores.
La memoria histórica de la ciudad, en cuanto a cofradías se refiere, encumbra el nombre del recordado Paco Núñez siempre que la Hermandad de la Buena Muerte recorta los espacios de la Madrugada. Ayer paseé el sitio rememorando al cofrade. A quien con mi padre jugara al fútbol en el equipo jerezano denominado curiosamente el Hércules. Allá cuando el Retiro era campo de ilusión para muchos mozalbetes que soñaban con Puskas, Di Stéfano, Del Sol, Santamaría, Gento…