Vestir la túnica

UÍA ÚTIL PARA UNA PROVECHOSA ESTACIÓN DE PENITENCIA

Nos adentramos en la Cuaresma. Un camino de conversión y salvación que discurrirá hacia la Semana Santa, y hacia esa Madrugá de Viernes Santo en la que de nuevo daremos nuestro testimonio público de fe. Sirvámonos de este camino para que nuestra Estación de Penitencia nos sea verdaderamente provechosa.
“Los que se acercan al sacramento de la penitencia obtienen de la misericordia de Dios el perdón de los pecados cometidos contra Él y, al mismo tiempo, se reconcilian con la Iglesia, a la que ofendieron con sus pecados. Ella les mueve a conversión con su amor, su ejemplo y sus oraciones” (LG. 11).
Dediquemos tiempo a sumergirnos en nosotros mismos, en nuestra vida. Practicar la oración y lectura de la Palabra de Dios nos ayudará. Meditemos sobre aquello que hicimos y no debimos hacer (pecados por acción), y sobre lo que dejamos de hacer y debíamos haber hecho (pecados por omisión). Tratemos de ser honestos con nosotros mismos y con Dios. Busquemos la raíz del problema para darle una mejor solución, sin perdernos en justificaciones ni excusas. En nuestra reflexión solo estaremos cada uno de nosotros y ÉL.
Una serena y sincera reflexión nos provocará desasosiego. Si empleamos tiempo en tomar conciencia de aquello que podemos corregir, lo normal es que nos aflijamos por lo incorrecto de nuestras acciones/omisiones; y por habernos apartado de Jesús, el mismo Dios hecho hombre que aceptó ser crucificado por amor a nosotros. No temas. Es un paso necesario para la correcta conversión. Entre los ejercicios del penitente, la contrición aparece en un lugar destacado. Es “un dolor del alma y una detestación del pecado cometido con la resolución de no volver a pecar” (Cc. de Trento. DS 1676). Es momento de rectificar lo incorrecto. Hagamos firme propósito de enderezar las actitudes equivocadas. De nada servirá reflexionar y dolerse, si a continuación no existe una verdadera intención de no volver a defraudar a Dios.
Transcurre la Cuaresma. Cada vez está más cerca la Madrugá, y con ella nuestra Estación de Penitencia. La asistencia a los Cultos convocados por la Hermandad nos ayuda en el transitar por este camino, pues todo acto sincero de piedad o de culto reaviva en nosotros el espíritu de conversión y de penitencia. La práctica del ayuno, la oración y la limosna serán expresión de nuestra conversión con relación a nosotros mismos, con relación a Dios y con relación a los demás.
Acerquémonos al confesionario. Si bien sólo Dios perdona los pecados, el mismo Jesucristo, en virtud de Su Divina Autoridad, confiere este poder a los apóstoles para que lo ejerzan en Su nombre. «Puesto que Cristo confió a sus apóstoles el ministerio de la reconciliación (cf. Jn 20, 22; 2 Co 5, 18), los obispos, sus sucesores, y los presbíteros, en virtud del sacramento del Orden, tienen el poder de perdonar todos los pecados “en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo”» (CIC can. 1461). Por tanto, dejemos de un lado la vergüenza y/o el orgullo. El Sacerdote es un elemento necesario para obtener el perdón de Dios, y reconciliarnos con Su Iglesia. Después de confesar, PARTICIPEMOS DE LA EUCARISTÍA. Recibir el alimento espiritual, nos fortalece a la hora de afrontar nuevas tentaciones que traten de alejarnos de Dios.
Y LLEGÓ LA MADRUGÁ. Una magnífica oportunidad para cumplir con nuestra Penitencia. De nuevo, LA TÚNICA AGUARDA PARA REVESTIRNOS DE ANÓNIMO PENITENTE. No dejemos pasar la ocasión. El Sagrado Hábito nos proporciona la necesaria intimidad para encontrarnos con el nuevo yo, restablecido del pecado y reconciliado con la Iglesia. Y siempre acompañados por nuestras Sagradas Imágenes, esas que representan AL QUE SIEMPRE NOS ESPERA CON LOS BRAZOS ABIERTOS, y a Su Bendita Madre, la SANTÍSIMA VIRGEN MARÍA.