Boletín de Cofradías de Jerez - nº 10

l recibir la invitación para realizar esta semblanza histórica, pensé que sería fácil darle forma. Bastaba con rescatar los datos necesarios, relacionar las efemérides y aderezar la crónica con un poco de literatura. Pero el resultado sería un ya archiconocido relato, más propio de reseña periodística para suplemento de Semana Santa, que de una colaboración para el Boletín del Consejo Directivo de la Unión de Hermandades de Jerez. De esta forma, el articulito en cuestión se torna difícil, pues me planteo ofrecer una visión de lo que en primera persona haya podido vivir o escuchar de nuestros mayores sobre estos 50 años; y, además, ceñirme a la necesaria brevedad que impone una publicación de estas características. Igualmente asumiré el hándicap de concebir una narración subjetiva, y en consecuencia no necesariamente unánime, aunque sincera.

Siempre escuché que nuestra Hermandad se funda hace ahora cincuenta años, por un grupo de congregantes del Niño Jesús, que radicaban en la Capilla del la Inmaculada Concepción del Colegio de la calle Ponce (Patronato Católico Nuestra Señora del Merced). Ante la ilusión demostrada, se fueron uniendo familiares y conocidos, en su gran mayoría trabajadores sencillos. La nómina de la asociación se iba nutriendo fundamentalmente de antiguos alumnos del Patronato, de padres de alumnos, de componentes de un equipo de fútbol de la época llamado HÉRCULES C.F. y de compañeros de trabajo de los promotores, en especial de la empresa R.E.C.S.A. donde trabajaba el presidente de la Comisión Organizadora, Paco Núñez. El esfuerzo realizado por crear la Hermandad de penitencia, se ve recompensado el día 26 de marzo de 1957, día en el que el Arzobispado de Sevilla decreta la erección canónica, en la antes citada Capilla de la Inmaculada Concepción, de la Pontificia e Ilustre Archicofradía de Niño Jesús y Hermandad de Nazarenos del Santísimo Cristo de la Buena Muerte y María Santísima del Dulce Nombre. Pero ningún comienzo es fácil, y menos en una época donde los posibles económicos apenas llegaban para cubrir las más elementales necesidades familiares. En 1960, la Hermandad recibe el preceptivo permiso de la Autoridad Eclesiástica para desvincularse de la Archicofradía del Niño Jesús, y establecer nueva Sede Canónica en la Iglesia de la Victoria, lugar donde radicaba la Parroquia de Santiago debido al cierre por ruina del Templo dedicado al patrón de España. Me cuentan que en estos difíciles momentos, la Hermandad recibió un importantísimo apoyo del Rvdo. P. D. Eduardo María Fernández-Fígares Marchesi, S.J.(†), hombre de eterna sonrisa y amor infinito a la Stma. Virgen María, lo cual le hizo valedor del reconocimiento de nuestra Cofradía, siendo la única persona que hasta el momento ha ostentado el título de Hermano Mayor Honorario. Este le fue concedido en 1961. Además del Padre Fígares, hemos tenido la suerte de contar con otros sacerdotes que ejercieron la Dirección Espiritual de la Hermandad, desde el respeto y el cariño hacia la institución y sus componentes. Estos fueron D. Francisco González Cornejo, D. Luís Bellido(†), D. Francisco Moreno(†), D. Vicente Luque, D. Francisco García Román, D. Antonio López, D. José Manuel Sánchez-Romero y D. Pedro de la Herrán. De nuevo sería de un Director Espiritual, y párroco de Santiago, D. Francisco García Román, de quien se recibiese un importantísimo apoyo al plantearse la necesidad, en 1981, de establecer nuestra actual Sede Canónica en el Templo de Santiago. La historia de nuestra Corporación Nazarena fue guiada también por cinco Hermanos que ejercieron sus mandatos como Hermanos Mayores: D. Francisco Núñez Jiménez(†), D. José Montoro García, D. Rafael Barrera Cano, D. Joaquín Cuevas Soto(†) y D. Jaime Núñez Reina.

Tengo el recuerdo de una Hermandad de conceptos muy claros y definidos. Siempre se prefirió la sencillez y la discreción por delante de otros valores, y se ha conseguido ser serios sin ser tristes; pues la nada tiene que ver la informalidad con la alegría. Este espíritu, transmitido desde nuestros orígenes, ha desarrollado entre los miembros de la Cofradía la necesaria habilidad para ser sobriamente naturales o naturalmente sobrios, y hacer las cosas con naturalidad y, en consecuencia, aparentemente fáciles. Y es precisamente esa sencilla naturalidad, la que consigue enamorar a los que a nosotros se acercan.

Siempre viví nuestra Hermandad como una gran familia de familias, donde los lazos fraternales van más allá de la propia consanguinidad. La vida de hermandad se disfruta en familia, donde los hijos aprenden de sus padres el respeto y veneración al Santo Hábito Nazareno, y los abuelos ven orgullosos cómo crecen sus nietos entre fotos y recuerdos. Una vida de hermandad, donde los niños aprenden viernes a viernes, durante hace ya cincuenta años, a rezar a nuestros Sagrados Titulares con el mismo respeto y devoción que lo siguen haciendo nuestros mayores. Aquellos que Los estrecharon sobre sus hombros y Los guardaron en nuestra capilla, para que se quedasen siempre con nosotros. Y serán esos monaguillos llenos de cera, los que tengan que tomar el necesario relevo en la transmisión de nuestras devociones.

Desde que tengo uso de razón, recuerdo el cariño que hacia nuestra Cofradía demuestra el Barrio de Santiago. Un mismo barrio en el que hemos tenido tres sedes canónicas y hasta seis casas de hermandad: Ponce 15, Ancha 10, Ponce 19, Muro 21, Merced 19 y la actual, en c/ Nueva nº 5. Resulta innecesario decir -por su evidencia cada amanecer de Viernes Santo- que la gente de Santiago nos quiere y nos respeta. Y es que esta Hermandad no alcanzaría su verdadero sentido sin su Parroquia y sin sus feligreses. El destino ha querido que cincuenta años después, un solo techo vuelva a acoger a nuestros Sagrados Titulares y la vida diaria de Hermandad. Ese mismo lugar donde la Parroquia ha establecido parte de sus actividades pastorales, destacando las catequesis de pre y post comunión. De nuevo, ¡¡ah, Divina Providencia!! los niños del barrio reciben cristiana formación a los pies del Santísimo Cristo de la Buena Muerte.

El espacio me limita y debo ir concluyendo. Encorsetada entre estas líneas lleváis una confesión de respeto y admiración a todos y cada uno de nuestros Hermanos y Hermanas: los que nos precedieron, los que nos acompañan y los que renovarán nuestras ilusiones. En ellos es donde habremos de ver reflejados los eternos rostros de nuestros Benditos Titulares.

Nuestra Historia la seguiremos escribiendo día a día con entrega y dedicación.

Que el Santísimo Cristo de la Buena Muerte, Su Bendita Madre del Dulce Nombre y el Apóstol San Juan, os acompañen y amparen todos los días de vuestra vida.

Este artículo apareció en el nº 10 del Boletín de las Cofradías de Jerez, edición promovida por el Consejo Local de Hermandades y Cofradías de nuestra ciudad.

Antonio Manuel Montoro Mayén
Consiliario Promotor de Cultos y Diputado de Protocolo y Caridad