Vestir la túnica

ué ganas teníamos aquellos monaguillos que en los setenta deseando cumplir los catorce años para poder vestir por fin la túnica de Nazareno, a pesar de saber que el director de cofradía nos daría la bocina a todo aquel nuevo Nazareno de corta edad o pequeña constitución física.
Por fin llegaba el tan esperado año, el orgullo y el nerviosismo que sentíamos eran más fuertes que cualquier otro sentimiento.
El acto de reflexión cristiana que suponía vestir la túnica de nuestra Hermandad llegaría también durante esa madrugada, pero ese primer año el sentimiento más fuerte era la emoción y el nerviosismo de vestir la túnica de Nazareno por primera vez, poder hacer estación de penitencia con los demás hermanos y ver, detrás de antifaz, como otros eran los monaguillos.
La palabras más recordadas eran cumplir estrictamente las normas de nuestra estación penitencial; no hablar para nada, vigilar a tu pareja para ir siempre juntos, jamás volver la cabeza, regresar a tu casa tras la procesión por el lugar más corto, sin hablar y sin quitarte la túnica…
Hoy en día aunque las reglas sigan siendo las mismas, quizás algo más relajadas, recuerdo todo aquello con gran emoción.
Cuando al llegar la Cuaresma, sacábamos las túnicas de los armarios guardadas con cuidado, y comenzábamos los preparativos: revisando sandalias, cartón del capirote, el fajín de esparto, si la túnica ya me estaba corta. ¡Pero qué digo! ¿Sacábamos o revisábamos?..., esa labor era de mi madre. Se pasaba las horas lavando, planchando, quitando cera, cosiendo túnicas para que mis tres hermanos, mi padre e incluso algún que otro primo pudiéramos lucir flamantemente la túnica de Nazareno.
¡Cómo recuerdo aquellas mañanas de Viernes Santo! En las que tras la recogida nos reuníamos toda la familia para desayunar juntos y comentar todo lo experimentado y sucedido durante la estación de penitencia. Ese desayuno también estaba preparado por la madre incansable, que a pesar de no haberse puesto una túnica en su vida, de no haber podido ser hermana hasta hace poco muy poco, siempre sin rechistar ni decir una palabra más alta que otra y tras habernos vestidos a todos, darnos besos y despedirnos a la puerta de casa, se situaba a la salida tras el paso de nuestro Cristo de la Buena Muerte. Se retiraba a su entrada. Nos esperaba a la salida o ya estaba preparando ese desayuno de churros y torrijas tan deseado por todo aquel que pasa una noche en vela.
Cuando recuerdo esto, siempre pienso: ¡qué fácil me lo ponían para hacer penitencia!, ¡así cualquiera!.
Pero…penitencia, penitencia, la que hacía era mi madre que lo hacía todo y más, aún sin poder vestir la túnica.
Por eso me digo, ¡qué suerte de tener una madre que me tuviera todo preparado!, ¡qué suerte seguir vistiendo la túnica y hoy ver a mi hija que sigue mis pasos como yo seguí los de mi padre!, y ¡ qué suerte la de algunos hermanos a los que Dios nos ha permitido conocer más madrugadas que la que vemos a través de nuestros antifaces del Cristo de la Buena Muerte!.
Aquellos monaguillos de ayer, al menos unos pocos, son los que hoy nos reunimos en nuestra Casa de Hermandad, los que recordamos los tiempos pasados y los que seguimos pensando que quizás aquellas inquietudes no se observan en los jóvenes de hoy en día y que son muy pocos los que continúan llevando la túnica, saliendo en la madrugada una vez que han pasado a ser hermanos de fila. Quizás el compromiso espiritual también sea una moda a la que no sepamos enfrentarnos. Ni tan siquiera los que de alguna forma estamos comprometidos y que tenemos una razón clara de lo que significa salir de penitente, es seguro que necesitamos cada vez más a nuestros directores espirituales, que sepan que con su labor de pastores de un rebaño muy cercano es como pueden orientar a muchas de las ovejas que hoy están en el camino. No por ser responsables y comprometidos con la hermandad sabemos más que nadie y siempre necesitaremos de un pastor que nos guíe y nos ayude a seguir ese camino truncado en nuestros primeros pasos como miembros de una hermandad.